Una naranja en la mochila ¿Se la doy o me la como?

En el desayuno-workshop que organiza la escritora canadiense Sue Kenney, participan muchos peregrinos para contar sus experiencias del Camino.

La escritora misma ha hecho varias veces el Camino desde Francia y siempre dice que sus experencias han cambiado su vida por completo. Antes de hacer el Camino, ella trabajaba en una empresa de programas para teléfonos móviles. Ahora, es escritora y monitora espiritual para los peregrinos que han hecho el camino y para aquellos que no lo han hecho, pero están pensando.

En una mañana agradable con aire fresco de verano, en el jardín del restaurante Casa Felisa (en la zona monumental de Santiago), había un grupo pequeño alrededor de una mesa. Eran de varios países, de EE.UU., de Alemania, de Irlanda, etc. Cada uno estaba contando a Sue y los demás otros peregrinos sus historias relacionadas con el Camino. Algunos se emocionan mucho contandolas y a veces, tenían lágrimas en sus ojos, pero no de tristeza, sino, de alegría.

Una de ellos era una estudiante, llena de vitalidad y su cara estaba iluminada. Estaba contando que en el Camino, había tenido una naranja por si había habido necesidad de tomar algo para la sed. En la mitad del camino, se encontró con otro peregrino, que parecía muy cansado. Ella pensó un rato dando vuletas si le ofrecía la naranaja, la única fruta que tenía ese día en su mochira, al peregrino que parecía agotado. Podría darle un trozo también, y compartirla. Pero al final, se la dió la naranja entera. Desde luego, el peregrino se lo agradeció mucho.

Ella contó que aprendió “dar” después del haber hecho el camino. No se imaginó que fuera capaz de ofrecer algo valioso para ella a otros.

Cada peregrino saca algo del Camino, o como el caso de Sue, el Camino le cambia la vida completamente.

Por Megumi Shiozawa

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