Última etapa. Me despierto a las seis en la habitación 535 del último piso del Hotel Scala de Iria Flavia. De buena gana me quedaría arrebujadito en esta cama tan amplia; pero me levanto. Le doy la crema a mis pies para evitar ampollas y empezando por los calcetines me voy vistiendo la misma ropa que me puse ayer después de ducharme. Ya vestido me tomo las pastillas de la mañana, esas que mantienen lo más lejos posible el ictus y empiezo a recoger todas las piezas que tengo desperdigadas por la habitación. Los cargadores de baterías, las chanclas, el neceser, la crema, etc, etc.
Salgo sin protector solar. Desde hace unos días no lo encuentro. Lo habré dejado en alguna habitación, como el bastón, como el gel, como algunos dolores y algunas imágenes que ya no recuerdo. Son las seis y media y en la entrada del hotel me cruzo con el camarero que ayer a las nueve de la noche estaba atendiendo la barra de la cafetería del Hotel, trae los periódicos. Me resisto a pedirle uno y le saludo. Buenos días, ¿Ya aquí? Es lo que hay, me responde.
Tan solo unos metros por la Nacional 550 y el camino me desvía por la izquierda, huye del tráfico que en esta carretera es intenso a todas horas. Es la única gratuita que vertebra la Galicia Atlántica, desde hace muchos años una calle urbana.
El camino atraviesa la vega del Sar. Una vega destrozada, como tantas otras en otro tiempo de cultivo hoy semindustrial, semiurbana. Todavía se pueden ver los restos del sistema de regadío que el Estado montó para este productivo valle, en los años cincuenta o sesenta. Desde el primer día se vio que era un mal gasto. Nunca llegó a utilizarse.







































